Hablar con los hijos de manera asertiva significa expresar lo que pensamos, sentimos o necesitamos con claridad y respeto, mientras escuchamos y validamos lo que ellos sienten. Implica evitar gritos y juicios, hacer preguntas abiertas, establecer límites firmes y enseñar con el ejemplo que todas las emociones pueden expresarse de manera respetuosa.
Hay conversaciones que empiezan con un “¿qué te pasó?” y terminan con un “¡no me entiendes!”. Otras veces, tu hijo simplemente responde “nada” y se cierra por completo.
En esos momentos, la forma en que nos acercamos puede marcar la diferencia. La comunicación se construye en las conversaciones cotidianas, incluso en aquellas que parecen pequeñas.
¿Qué es la comunicación asertiva con los hijos?
La comunicación asertiva es la capacidad de expresar lo que pensamos, sentimos o necesitamos de manera clara, respetuosa y empática, teniendo en cuenta también lo que la otra persona piensa y siente.
Cuando hablamos con los niños, esto significa adaptar nuestras palabras a su edad, escuchar antes de responder y mantener límites claros sin recurrir a gritos, amenazas o descalificaciones.
Por ejemplo, ante un niño que está llorando porque debe dejar de jugar, podemos responder desde el enojo: “¡Deja de llorar, ya te dije que se acabó!”. También podemos reconocer lo que está sintiendo sin cambiar el límite: “Sé que quieres seguir jugando y entiendo que te dé tristeza terminar. Ahora es momento de guardar los juguetes”.
La segunda respuesta no significa ceder. Significa reconocer la emoción mientras se mantiene el límite.
Esta diferencia es importante porque los niños no aprenden únicamente de lo que les decimos. También observan cómo reaccionamos cuando estamos cansados, molestos, preocupados o en desacuerdo.
Escuchar también es comunicarse
Una conversación no empieza cuando hablamos, sino cuando estamos disponibles para escuchar.
Escuchar a un hijo implica prestar atención a sus palabras, pero también observar aquello que puede estar expresando de otras maneras: un cambio de ánimo, silencio, frustración o dificultad para explicar lo que siente.
Por eso, antes de buscar una solución, puede ser útil hacer una pausa y preguntarnos: ¿mi hijo necesita que le dé una respuesta o que primero lo escuche?
5 claves para escuchar mejor a tus hijos
La escucha activa puede incorporarse en situaciones muy sencillas del día a día.
1. Escucha sin interrumpir ni juzgar
Permite que termine de explicar lo que ocurrió antes de responder. Si interrumpimos constantemente para corregirlo, darle una solución o decirle que “eso no es para tanto”, puede dejar de compartir lo que piensa.
2. Haz contacto visual y demuestra interés
Deja por un momento el celular, gira tu cuerpo hacia él y presta atención. Estos pequeños gestos comunican que lo que está diciendo importa.
3. Haz preguntas abiertas
En lugar de preguntas que solo admiten un “sí” o un “no”, utiliza preguntas que le permitan explicar lo que ocurrió.
Puedes probar con:
- “¿Qué fue lo que pasó?”
- “¿Cómo te sentiste en ese momento?”
- “¿Qué crees que podríamos hacer ahora?”
- “¿Hay algo que quieras contarme?”
4. Valida sus emociones
Validar no significa estar de acuerdo con todo lo que el niño hace. Significa reconocer que su emoción existe.
Puedes decir: “Entiendo que estés enojado” y, al mismo tiempo, establecer un límite: “Pero no está bien pegar”.
5. Habla con calma
Cuando estamos enojados, es más difícil escuchar y responder de manera reflexiva. Si sientes que la conversación está escalando, una pausa puede ser más útil que intentar resolverlo inmediatamente.
Dato a tener en cuenta:
- El 100% de los padres encuestados consideraba que la comunicación con sus hijos era “excelente” o “buena”.
- Sin embargo, casi el 30% de sus hijos calificó esa misma comunicación como “regular” o “mala”.
¿Cómo hablar con tus hijos sin gritar?
Hablar sin gritar comienza, muchas veces, antes de dirigirnos al niño: empieza por regular nuestra propia reacción.
Cuando estamos molestos, podemos sentir la necesidad de corregir inmediatamente. Sin embargo, hacer una pausa, respirar y bajar el tono de voz puede ayudarnos a elegir mejor nuestras palabras.
En lugar de:
“¡Siempre haces lo mismo!”
Podemos decir:
“Esto que pasó no está bien. Vamos a pensar juntos cómo solucionarlo”.
La diferencia está en que la segunda expresión señala una conducta concreta sin convertirla en una característica del niño.
También es importante evitar etiquetas como “eres desobediente”, “eres irresponsable” o “eres muy grosero”. Corregir una conducta no debería convertirse en definir al niño por esa conducta.
Y si en algún momento gritamos, también podemos reparar.
Decir “Antes te hablé de una manera que no estuvo bien. Estaba enojado, pero podía habértelo dicho de otra forma” muestra que los adultos también pueden reconocer sus errores.
¿Cómo poner límites de manera asertiva?
Los límites son necesarios para que los niños sepan qué esperamos de ellos y cuáles son las consecuencias de determinadas acciones. La comunicación asertiva permite establecerlos sin perder de vista el respeto.
Un límite puede ser claro y empático al mismo tiempo.
Por ejemplo:
“Entiendo que estás molesto, pero no está bien pegar. Si necesitas estar solo, podemos buscar un lugar tranquilo para que te calmes.”
Una buena comunicación al establecer límites puede incluir cuatro elementos:
- Nombrar lo que ocurre: “Veo que estás muy enojado”.
- Reconocer la emoción: “Entiendo que querías seguir jugando”.
- Mantener el límite: “Pero ahora debemos irnos”.
- Ofrecer una alternativa cuando sea posible: “Puedes elegir si quieres guardar primero los juguetes o ponerte los zapatos”.
Esto permite que el niño entienda que sus emociones son válidas, pero no todas las conductas son aceptables.
La constancia también es importante. Si un límite cambia constantemente, puede resultar difícil para el niño comprender qué se espera de él.
¿Qué hacer cuando mi hijo no quiere hablar?
No todos los niños expresan lo que sienten inmediatamente. Algunos necesitan tiempo para ordenar sus pensamientos, mientras que otros encuentran más fácil hablar mientras realizan alguna actividad.
Si tu hijo responde “no quiero hablar”, puedes evitar convertir la conversación en una exigencia.
En lugar de insistir:
“¡Tienes que decirme qué pasó!”
puedes probar:
“Está bien. Cuando quieras hablar, estoy aquí”.
También puedes ofrecer alternativas:
- “¿Quieres hablar ahora o después?”
- “¿Prefieres contarme mientras caminamos?”
- “¿Quieres que me quede contigo un momento?”
- “¿Quieres escribirme lo que pasó?”
Respetar el silencio no significa desentenderse. Significa dejar abierta la puerta para que la conversación pueda ocurrir cuando el niño esté preparado.
Si notas cambios persistentes en su comportamiento, aislamiento, dificultades importantes para relacionarse o situaciones que afectan significativamente su bienestar cotidiano, puede ser conveniente buscar acompañamiento profesional.
Una situación cotidiana: cuando escuchar cambia la conversación
Sabrina era una niña que le gustaba jugar mucho, correr, saltar y divertirse con sus amigas. Un día cuando estaba jugando al té con sus amigas en el parque de juegos a la hora del descanso, un niño accidentalmente calló sobre una de sus tacitas de té y se la partió. Ella se sintó molesta porque eran su juego de tazas favorito y se lo había regalado su abuela en Navidad. Cuando sucedió eso ella salió corriendo llorando y fueriosa por la situación.
Al llegar a casa después de un día difícil. Deja la maleta, responde con pocas palabras y, cuando le preguntas cómo estuvo su día, contesta: “Bien”. Intentas saber un poco más y su respuesta cambia: “¡Ya te dije que bien!”.
En ese momento, es fácil insistir: “¿Qué te pasa?”, “¿Por qué estás así?” o “Puedes contarme, soy tu mamá”. Sin embargo, seguir preguntando cuando la niña todavía no está preparada para hablar puede hacer que se cierre aún más.
Una alternativa es hacerle saber que estás disponible sin obligarlo a conversar: “Veo que hoy no tienes muchas ganas de hablar. Está bien. Cuando quieras contarme qué pasó, puedes hacerlo conmigo”.
Más tarde, mientras comen, juegan o realizan alguna actividad juntos, puede surgir espontáneamente aquello que al principio no quería contar. Quizás no necesitaba una pregunta más, sino sentirse seguro para encontrar el momento de hablar.
Por ejemplo, la situación podría mostrar a Sabrina que llega a casa molesta y responde de manera brusca cuando sus padres preguntan cómo estuvo el día. En lugar de insistir inmediatamente, el adulto decide darle espacio y retomar la conversación más tarde.
La situación permite mostrar cómo una pregunta sencilla, una pausa o la disposición para escuchar pueden abrir una conversación que inicialmente parecía imposible.
¿Qué dicen los expertos?:
“Escuchar a nuestros hijos no significa tener siempre una respuesta; significa hacerles saber que lo que sienten importa y que pueden encontrar en nosotros un espacio seguro para expresarlo.”
[Andrea Díaz], [Directora de Learning Center – Newport School].
¿Cómo fortalecer la comunicación en casa?
No necesitas esperar a que exista un conflicto para trabajar la comunicación. Las conversaciones cotidianas ofrecen oportunidades para practicarla.
Puedes empezar con acciones sencillas:
- Reserva algunos minutos de atención exclusiva: pregunta cómo estuvo su día y escucha la respuesta sin hacer otras tareas al mismo tiempo.
- Habla sobre las emociones cotidianas: “¿Qué fue lo que más te gustó hoy?” o “¿Hubo algo que te molestó?”.
- Evita convertir cada conversación en una corrección: algunas veces tu hijo necesita ser escuchado antes de recibir una recomendación.
- Reconoce tus propios errores: pedir disculpas también enseña una forma respetuosa de resolver conflictos.
- Modela la comunicación que esperas recibir: si quieres que tu hijo escuche, expresa desacuerdos sin gritar y permite que los demás terminen de hablar.
En casa, estas prácticas pueden convertirse poco a poco en hábitos familiares.
La comunicación se aprende en las conversaciones de todos los días
Una comunicación cercana no significa estar de acuerdo en todo ni evitar los conflictos. Significa aprender a atravesarlos desde el respeto.
Escuchar, validar emociones, expresar lo que necesitamos y establecer límites claros son habilidades que se construyen con la práctica.Y quizá una de las formas más poderosas de enseñarlas sea mostrarles, cada día, cómo queremos que ellos aprendan a relacionarse con los demás.
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Preguntas frecuentes
Empieza por escuchar sin interrumpir, hacer preguntas abiertas y mostrar interés genuino por lo que quiere contar. Evita juzgar o minimizar sus emociones y busca momentos tranquilos para conversar. La comunicación mejora cuando el niño percibe que puede expresar lo que piensa y siente sin temor a ser ridiculizado o ignorado.
¡Estaremos encantados de dar la bienvenida a tu hijo a nuestra comunidad educativa!
Antes de corregir, intenta regular tu propia reacción y utiliza un tono tranquilo. Describe la conducta concreta que quieres cambiar, explica el límite y, cuando sea posible, ofrece una alternativa. Frases como “esto no está bien, vamos a buscar cómo solucionarlo” ayudan a corregir sin etiquetar al niño.
No. Validar una emoción significa reconocer que el niño realmente la está experimentando, pero no implica aceptar cualquier conducta. Es posible decir “entiendo que estés muy enojado” y, al mismo tiempo, establecer un límite como “no está bien pegar o insultar”. Ambas cosas pueden coexistir.
Evita presionarlo y hazle saber que estás disponible cuando quiera hablar. Puedes ofrecer otro momento o una actividad que facilite la conversación, como caminar o compartir un juego. Respetar su silencio temporalmente no significa alejarte; significa mantener abierta la posibilidad de que vuelva a acercarse.
Si observas cambios persistentes que afectan significativamente su comportamiento, relaciones, vida cotidiana o bienestar, puede ser conveniente buscar orientación profesional. Un especialista puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y ofrecer estrategias adecuadas para la situación particular del niño y su familia.

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